¿México ganó? Entre el gol y el luto

· Actualizado: 4 de julio de 2026
Todavía no llega la final del Mundial y aun así México celebra como si esa noche futura ya fuera suya. ¿Y si sí?, pareciera que el fútbol quedó en segundo plano y que sólo importa este momento: gritar, bailar, soñar con una euforia desmedida, atrabancada, e incluso peligrosa.

Un ensayo sobre el orgullo, el luto y lo que significa querer a un país que también te rompe el corazón.

México 2-0 Ecuador.

Si me lees, ya sabrás que no vivo ni aquí ni allá, que llevo cuatro años vagando por el mundo. Vi el partido en un bar irlandés escondido en una esquina cusqueña, frente a la bellísima Plaza de Armas, en Perú. Estaba, extranjera, sentada en la barra, mirando alrededor, buscando entre la multitud atascada en aquel lugar una mirada conocida, una mirada más, pues, mexicana. No había.

Llegaban grupos intoxicados con la fiebre del fútbol, hombres y mujeres de todas partes. A mi alrededor se escuchaba un eco inentendible en muchos idiomas, pero ninguno con ese español mexicano que tan feliz me pone oír cuando cruzo la frontera. Entre la muchedumbre había gente de países variados portando la verde con orgullo. No sé si alguno habrá pisado México, supongo que sí. Pero seguro ninguno había salido corriendo descalzo de su casa a gritarle al del elote antes de que doblara la esquina, ni se había quemado la lengua con un pozole recién servido por una abuela que jura que no pica, ni había esperado bajo el sol un camión que pasaba en diez minutos y no pasó en cuarenta.

A mi lado, un grupo de Taiwán vociferaba al son del bullicio colectivo: “¡México, México!”. A mis espaldas, unos gringos discutían con un francés: “Ecuador no tiene oportunidad“. Cuando cayó el primer gol, el bar entero brincó, desconocidos abrazando desconocidos, todos ahí, celebrando algo que se sentía más mío que de nadie más en ese lugar.

No era el gol. Era ver a México abrazado por gente que no ha tenido que quererlo a pesar de nada. Era mi país siendo, por noventa minutos y en una ciudad ajena, la fiesta de lo que se sintió como el mundo entero. Me fui a dormir con una sonrisa en la cara.

Al día siguiente desperté todavía con la emoción y agarré el celular: el Ángel encendido como veladora, un millón de personas meciendo la bandera, Reforma convertida en un río interminable de alegría. Le di like a todo y me inundó una nostalgia abrumadora.

Dos publicaciones después, el golpe de realidad me apagó todas las luces.

La efervescencia

La euforia nos alcanzó a todos, hasta a los que con trabajo le agarramos la onda al deporte. Se nos metió por la puerta, por las ventanas, por la coladera. No estamos aquí por un balón ni por once jugadores: gritamos “¡Viva México!” porque por una noche somos algo juntos, nos reconocemos en el otro, existimos en el mapa del mundo por algo que no duele. La celebración nos devuelve el sentido de pertenencia. Dejamos de ser mujer, hombre, niña, madre, migrante. Eres mexicana o mexicano, y ya.

Esto nos hace tanta falta. En un país donde cuesta tanto encontrar algo en común que no pese, la selección es de las pocas cosas que todavía nos conectan en el mismo canal, que nos dejan sentir lo mismo al mismo tiempo. Y eso no se lo pretendo quitar a nadie, ni a mí, pero hay dos caras de la moneda e ignorar el otro lado sería una irresponsabilidad.

El sociólogo francés Émile Durkheim llamó efervescencia colectiva a esa electricidad que se enciende cuando un grupo se reúne alrededor de algo compartido, una emoción que se amplifica en el otro y que nadie habría sentido a solas. Es increíble, pero es también la misma fuerza que, un par de grados más arriba, cambia de color.

La efervescencia no distingue entre la dicha y la furia. Cuando te disuelves en la masa, también se disuelve tu freno, tu vergüenza, tu responsabilidad; los psicólogos le llaman desindividuación, esa sensación de que entre tantos, nadie carga con nada. La misma multitud que se abraza por un gol puede ser la que se aplasta hasta quedarse sin aire, la misma que baja a un hombre de su coche y lo golpea hasta matarlo.

La fiesta y la tragedia de esa noche no fueron dos cosas separadas: salieron del mismo lugar.

Lo que la fiesta no justifica

Al menos cuatro personas murieron en la Ciudad de México celebrando un partido del mundial. Unos por asfixia, aplastados por esa misma multitud: un hombre de 44 años, una mujer de 48, una muchacha de 19. Diecinueve.

La cuarta llegó al hospital sin identificación. Lo reconocieron horas después por una foto que circuló en redes, por los tatuajes, por un nombre escrito en su piel que alguien, allá afuera, todavía estaba buscando.

Casi mil cuatrocientos heridos más.

La multitud bajó de su coche a un hombre que había atropellado a varios aficionados y lo golpeó ahí, en el suelo, entre todos, con esa furia colectiva que no tiene un solo dueño y por eso creen que a nadie le toca cargar las consecuencias. Murió días después en terapia intensiva. Se llamaba Roberto. Tenía dos hijas.

Ninguna de estas muertes era inevitable. Nadie previó el gentío, nadie organizó las salidas, nadie pudo hacer nada por los de alrededor, por la chica de diecinueve. Murieron de lo mismo que se muere tanta gente en el país: de que a nadie le tocaba, de esa desatención tan nuestra que ya ni nombramos porque se volvió costumbre. No es mala suerte, es abandono.

La misma euforia que yo celebraba a miles de kilómetros, con una cerveza en la mano y el corazón hinchado de emoción, del otro lado se volvía dolor. Y esas muertes son apenas la superficie de algo mucho más profundo, algo que no empieza ni se apaga con el Mundial.

Las madres buscadoras

El mismo día que arrancó el Mundial, mientras las cámaras del planeta apuntaban a los estadios, afuera había mujeres. Madres con las caras de sus hijos impresas en playeras y mantas, plantadas en la periferia, aprovechando que por fin el mundo voltea a ver a México, para gritar lo único que les queda por gritar. Los colectivos convocaron a la afición futbolera de manera explícita, a sabiendas de que la única forma de que te escuchen en este país es colgarte del ruido de la fiesta.

Son madres que aprendieron a leer huesos. Que estudiaron leyes, que se volvieron peritas, que compraron sus propias palas, que salen los fines de semana a escarbar la tierra buscando a un hijo que el estado y el resto del país ya olvidaron. Casi todas han vivido alguna forma de violencia por hacerlo. Su dolor es diario, constante, interminable; pero para el resto de nosotros parece existir sólo cuando nos interrumpe el gol.

El 5 de marzo de 2025, el colectivo Guerreros Buscadores de Jalisco entró a un rancho en Teuchitlán, a una hora de Guadalajara. Habían recibido un pitazo anónimo. Adentro, en el rancho Izaguirre, hallaron un campo de exterminio y reclutamiento forzado del crimen organizado: fragmentos de hueso calcinado, lo que parecían hornos, ropa amontonada y más de cuatrocientos pares de zapatos, tantos que a más de una madre buscadora se le doblaron las piernas al reconocer, entre el tiradero, los que creyeron ser de sus hijos. Lo más obsceno es que las autoridades ya habían “asegurado” ese lugar en septiembre de 2024, y habían dicho no ver nada. Tuvieron que ser las madres, con sus propias manos, las que destaparon el infierno.

Ese rancho está en Jalisco. El mismo Jalisco que este verano se vistió de gala para el Mundial, que le presumió al planeta su tequila y su mariachi y se dejó llamar “la sede más mexicana” del torneo. El mismo estado que encabeza, desde hace años, la lista de cuerpos sacados de fosas clandestinas en el país. Dos caras del mismo suelo: arriba la fiesta iluminada, abajo la tierra que esconde a los que faltan.

Y las cifras no me caben en la cabeza. Más de ciento treinta y tres mil desaparecidos, según el registro oficial, una cifra que subió más de diez por ciento en un solo año. Más de setenta y dos mil cuerpos sin identificar, apilados en un limbo forense, esperando un nombre. No estamos hablando de expedientes ni estadísticas, son ciento treinta y tres mil sillas vacías en la mesa, ciento treinta y tres mil teléfonos que alguien todavía marca por si un día, de milagro, contesta una voz del otro lado.

“Al gobierno no le interesa encontrarlos”, dice una de ellas, y la frase se me hunde en el pecho. ¿Y si un día faltara yo, o faltaras tú? Quizás sería una de estas mujeres quien encontrara nuestros cuerpos, si no la desaparecen antes. Porque sí, también a ellas las matan por buscar. De 2010 a 2025, la Fundación para la Justicia contó veintidós buscadoras asesinadas y dos más desaparecidas; quince eran madres. Tan sólo en lo que va de 2026 ya suman al menos cinco. En este país, salir a buscar a tu hijo con una pala y una foto puede costarte la vida, y aun así ellas van con el corazón en la mano.

Ahí es donde la cerveza y el gol y el orgullo se me hacen un nudo en la garganta que no sé con qué cara tragar. Porque me doy cuenta que las personas aplastadas en el festejo y el hijo que una madre busca con una pala son parte del mismo sistema. El de un país que se acostumbró a que la vida vale poco y a mirar para otro lado. La misma multitud que se disuelve para celebrar sin responsabilidad es la que al día siguiente, pasa de largo frente una madre que escarba. Euforia colectiva, indiferencia colectiva, es igual.

No pretendo señalar con el dedo desde afuera. Escribo esto desde la inquietud que habita entre el dolor y el orgullo que ser mexicana me provoca. Lo escribo porque lo cómodo sería quedarme con el gol, pero mirar para otro lado también es una decision y la forma de resistencia que nos queda, a ti y a mí, desde donde sea que estés, es negarnos a que la fiesta tape el sol con un dedo. Nombrarlo. No dejar que la indiferencia se vuelva parte del paisaje.

No es vergüenza, es dolor

Estoy orgullosa de ser mexicana. Pero no por una bandera, ni un himno, ni un gobierno, y desde luego no por once hombres corriendo tras un balón.

Estoy orgullosa de las mujeres que marchan cada ocho de marzo aunque les avienten gas y las llamen locas, de los que se levantan a las cuatro de la mañana a partirse el lomo para que sus hijos coman, de los que se doblan en el campo por unos centavos, apostándole a una vida que quizás no alcancen a ver, de las madres y los padres que lo dan todo sin que nadie les aplauda, de los que ven lo que está mal y levantan la voz, aunque en México levantar la voz dé miedo, aunque a veces cueste la vida, de las civilizaciones que estuvieron aquí mucho antes que nosotros, de las tradiciones que nos negamos a soltar, de las manos que con sudor en la frente te echan una tortilla calientita, de una comida que no se compara con ninguna en el mundo, y de que cada vez que piso un país extranjero me reciben con una sonrisa al saber que soy de aquí.

Confieso que lo entendí tarde. Me tuve que ir para aprender a mirar mi país con otros ojos. Los que se han ido no me dejarán mentir, estar fuera de México duele, se extraña con el cuerpo y con el corazón.

Pero a veces, ser de México duele más.

Duele ver a las madres buscando con una pala y una foto y no poder ni imaginar de dónde sacan la fuerza, que el gobierno no les conteste, que las trate de estorbo, que las deje solas escarbando y sacando cuerpos de desconocidos. Duele la gente que se burla, que no entiende la gravedad, el crimen que se lo traga todo, los sueldos de miseria, esa sensación de estar remando hacia arriba toda la vida sin avanzar.

Y el dolor no viene a pesar del amor. Viene exactamente de ahí, del mismo lugar. Sólo duele tanto porque se quiere tanto.

Lo que sí tengo claro es que ya no me sirve la versión del orgullo que exige no ver, que te pide callar a los muertos para no bajarle a la euforia, que quiere la verde pero no las preguntas incómodas, que confunde el amor con aplaudir sin cuestionar, que te tacha de malinchista si señalas lo que está mal, que grita “como México no hay dos” y en la misma boca calla a los que critican.

Yo quiero otra clase de orgullo. Uno que aguante mirar de frente y que quepa en la misma boca que grita el gol y nombra a los desaparecidos. Así se siente ser mexicana lejos de México, cargando las dos cosas al mismo tiempo, todo el tiempo. Presumir el pozole y explicar las desapariciones en la misma conversación, aprender a querer un país que también, muchas veces, te rompe el corazón.

México no se deja

No se deja, en el sentido más terco de la palabra: no se suelta, no se olvida, no se queda atrás por más kilómetros que ponga una entre el cuerpo y la tierra donde nació. Yo creí, cuando me fui, que la distancia haría todo más chiquito, más manejable, que México se iría encogiendo en el retrovisor hasta caber en una postal. Pasó lo contrario. De lejos lo veo más grande, más entero, con sus dos caras pegadas una a la otra, imposibles de separar y mucho menos de ignorar.

México viaja conmigo aunque yo no lo invite.

El país tampoco se deja en el otro sentido: no se deja vencer. No se dejan las madres que siguen escarbando cuando todos les dijeron que ya, que para qué, que mejor lo olviden, no se deja la gente que sale a marchar y a exigir un cambio sabiendo el riesgo que conlleva y no se dejan los que se levantan de madrugada a construir un país que muchas veces no les devuelve nada.

Esa noche en Cusco, cuando el bar entero brincó por un gol que se metió a cinco mil kilómetros, yo no estaba celebrando a una selección. Estaba celebrando eso: la necedad de un país que, con todo y lo que carga, todavía sabe cómo hacer que el mundo entero grite su nombre.

Aunque me duela. Sobre todo porque me duele.

Y si tú también te fuiste, si también celebras y experimentas tu país desde una pantalla al otro lado del mundo, ya sabes de lo que hablo. No sé cómo se resuelve querer un lugar que también te carcome el alma, pero heme aquí.

¿México ganó?

Depende de qué cuente como ganar. Yo creo que México va a ganar el día que suficientes personas se nieguen a que el dolor se vuelva costumbre.

Escribo con arena todavía en los huaraches, edito fotos mientras equilibro la cámara en las rodillas en algún camión destartalado, y persigo historias que a veces me hacen cuestionar mis decisiones de vida.

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