¿Quién es Danitza?

La verdad es que a veces yo me pregunto lo mismo. ¿Cómo define uno quién es? ¿Tú quién eres? ¿Eres lo que haces, lo que vives, lo que piensas? ¿Eres la voz en tu cabeza, o el ser consciente que la escucha (y a veces la ignora)?

Ya sé que no llegaste aquí para un debate filosófico sobre el ser, y mucho menos para cuestionarte el propio. Quizá no sé bien quién soy, o quizá no te lo quiero contar.

Lo que sí te sé decir es que me llamo Danitza. Nacida en México lindo y querido. Soy Licenciada en Innovación Empresarial, lo que sea que eso signifique. Autoproclamada escritora, fotógrafa y cineasta de corazón, viajera y observadora del mundo. Hace más de cuatro años vivo viajando despacio, con mi cámara colgando del cuello, mi computadora en la mochila, y el corazón en la mano.

Para que este blog agarre un poco sentido, déjame platicarte cómo llegué aquí.

La cámara fue lo primero

De niña le robaba las cámaras a mi papá. Él me decía “manos de higadito” porque no solo se las desaparecía: se las echaba a perder. Aun así yo me escabullía a su cuarto, las metía en mi mochila y me iba al parque a tomarle foto a todo: a las piedras, al perro del vecino, a los árboles, a lo que fuera.

Años después, esa insistencia me consiguió mi primer trabajo en un estudio de fotografía, y ahí, sin saberlo, encontré mi oficio. Aprendí composición, encuadre, a leer una escena antes de dispararla, a usar una cámara hasta que dejó de ser un aparato y se volvió una extensión de mi forma de ver el mundo. La fotografía fue mi primer idioma, y sigue siendo el que hablo con más soltura.

Ese mismo camino me llevó al cine. Un día me quedé a ver los créditos y pensé: ¿cómo se hará una película? Esa pregunta me cambió la vida. Me obsesioné, y a los 18 ya andaba metida en producciones haciendo de todo: arte, vestuario, sonido, cámara, dirigir, enrollar cables, servir cafés. La verdad soy más obrera del audiovisual que cinéfila: lo mío ha sido el oficio, el set, el sudor.

Hice desde producciones independientes de dos pesos, donde nada alcanza y todo se pide prestado, de favor o por amor al arte; y también producciones grandes, con equipo pesado, grúas, lentes de cine de verdad, y hasta músicos, actores y deportistas famosos.

Aprendí, como casi todo en mi vida, a los putazos. Y de los putazos en producción, créeme, siempre sale algo bueno que contar.

El sueño lejano de viajar

No vengo de una familia acomodada que pudiera facilitarme el viaje, la vida, ni la existencia. 

Desde una realidad como la de tanta gente en México, viajar era un sueño lejano e imposible, de esos que uno guarda en un cajón porque pareciera que le pertenecen a otros. A los que sí pueden. Lo cuento porque sé lo que se siente mirar el mundo desde ese lado de la cerca, pensando que ciertas vidas no son para ti.

Pero me entró la espinita, esa picazón por cruzar fronteras lejanas y escuchar idiomas que no entendía. Aun en quiebra, literal viviendo al día, estudiando la universidad, trabajando en una oficina y preocupada por llegar al final de la quincena, me propuse a intentarlo.

Un día descubrí couchsurfing, una comunidad donde puedes ofrecer u obtener hospedaje gratis a cambio de la experiencia y la conexión con otros viajeros. Yo no me di de alta para hospedarme, me di de alta para hospedar. Y empecé a recibir desconocidos de otros países en mi sillón (perdón, mamá).

Un montón de historias, de idiomas, de países, de vidas… y la consecuencia obvia fue empezar a preguntarme: ¿y yo cómo le hago para viajar así? Creo que el día que me hice esa pregunta fue el día que tomé la decisión: tengo que encontrar la forma.

Saqué mi casa por la ventana

Entonces llegó el covid y me quedé sin chamba, porque en el medio audiovisual en México uno no tiene seguridad laboral, y de un día para otro quedé volando. Entre que no había producciones y que no se podía ni salir, pasé meses encerrada comiéndome mis pocos ahorros, tratando de decidir mi siguiente camino.

Hasta que, en plena pandemia, conseguí mi primer trabajo en línea y otra vez me puse a ahorrar.

Lo demás fue desarmar mi vida cosa por cosa, hasta quedarme solo con lo que cupiera en una maleta. Doné mi colección de libros a una comunidad maya, me compré un Kindle, me deshice de todo lo demás y salí a explorar el mundo. Te lo cuento en un párrafo, pero la neta fue un proceso de varios años.

¿Y de qué va esto hoy?

Empecé este blog en 2020 hablando de cine y fotografía, porque era lo que sabía. Con el tiempo se convirtió en lo que soy: una mezcla. Aquí vas a encontrar fotografía, cine, escritura, reflexiones sobre la vida nómada y guías prácticas para moverte (lento) por el mundo.

Me muevo despacio porque me interesa más entender un lugar que coleccionarlo.

Lo que más me gusta es cómo se siente el mundo cuando lo recorres sin prisa y te detienes a observarlo. Por eso, además de las guías y los tips, estoy escribiendo una novela en mi español más mexicano, algo autobiográfico que llevo cocinando a fuego lento mientras viajo.

Voy con arena todavía en los huaraches, edito fotos equilibrando la cámara en las rodillas en algún camión destartalado, y persigo historias que a veces me hacen cuestionar mis propias decisiones de vida. Si te gusta cómo escribo, quédate, porque me queda mucho que contar.

Escribo para tu tú del presente y para mi yo del futuro. Comparto lo que aprendo con el tiempo, la vida, la experiencia y los putazos, porque de todo sale algo para contar. Me encantaría que tú también me enseñes lo que sabes, que me corrijas, que me cuentes tus propias historias. Esto es de ida y vuelta.

¿Empezamos?

Si llegaste hasta acá, creo que nos vamos a llevar bien. Te dejo dos puertas abiertas: puedes seguirme en Instagram, donde subo fotos, reels y pedazos de esta vida nómada, o suscribirte a mi lista en la franja azul de aquí abajo, para que te llegue lo nuevo directito a tu correo.