¿Así que quieres la experiencia de subir Acatenango? A ver, déjame adivinar… viste un reel. El volcán explotando, algún random con un vinito entre las manos, una cobija en los hombros, el cielo prendido en llamas, y pensaste: wow, yo quiero. Te entiendo, así terminé también yo aquí.

Este artículo va dedicado a todas las que, como yo, nunca han subido un volcán, son ansiosas y están, días antes de su viaje a Antigua, investigando experiencias ajenas para ver si no se echan pa’ atrás. Pues aquí te lo voy a contar toditito, desde qué necesitas para prepararte bien hasta mi historia con lujo de detalle.
Mi nombre es Danitza, soy mexicana y viajera, llevo cuatro años y contando en una aventura continua por el mundo como nómada digital. ¡Bienvenida/o a mi blog! Aquí encontrarás información útil sobre los lugares que he visitado y relatos de mis aventuras.
Este artículo es básicamente Acatenango para principiantes, de una principiante que lo logró. Y antes que nada, quiero aclarar que soy viajera, pero no hiker.
Soy de Cancún, lo más alto que te encuentras ahí es unrooftop bar. Así que esta historia viene de la perspectiva de alguien que decidió hacer una de las rutas de montaña más demandantes de Centroamérica, sin haberse primero ido, no sé, a pasear al cerro.
Si estás nerviosa, si no eres “outdoorsy“, si estás leyendo esto a la 1am clavadísima preguntándote si de verdad vas a poder – eres de las mías, quédate, este texto es para ti.
¿Por qué subí Acatenango?
No tenía ni la menor idea de en qué me estaba metiendo cuando convencí a mi amiga de volar a Guatemala. Adri es hiker de verdad. Nivel Nepal, nivel trekkings de varios días, de las que saben qué es un base camp en el Himalaya. Yo soy de las que se propuso subir un volcán porque vio un post en instagram. Y para mi, ese era el plan completo, esa fue toda mi evaluación de riesgos.
Me tomó meses entender que esto iba a ser más que una aventurita. La verdad no me tomé la molestia de investigarle mucho hasta ya bastante cercana la fecha. Cuando descubrí que había que subir a más de 3,600 metros sobre el nivel del mar (msnm), Adri ya había decidido y organizado que su festejo de cumpleaños fuera en la cima del volcán, lo que convirtió el evento en un compromiso aun más complejo, aun menos evadible.
La verdad es que Acatenango is no joke. Es un tema serio, pero tampoco es imposible.

La preparación, subir Acatenango para principiantes
Antes de contarte cómo aguanté la subida, hablemos de lo que pasa antes. La verdad, buena parte de que te vaya bien o mal en el Acatenango es que llegues bien preparada.
Primero, dónde sales: Antigua.
Lo ideal es empezar en Antigua, una pequeña ciudad encantadora en Guatemala que, si eres de México, se te parecerá mucho a Oaxaca. La UNESCO la nombró Patrimonio de la Humanidad en 1979 por su arquitectura y valor histórico.

Uno se puede enamorar de Antigua rápidamente, por sus callecitas empedradas, sus fachadas coloniales, sus colores y el Arco de Santa Catalina, ese arco amarillo construido en 1694 que se ha vuelto el símbolo de la ciudad y que enmarca el volcán de Agua al fondo.
Antigua fue la tercera capital de Guatemala y durante más de dos siglos fue uno de los centros más importantes de toda Centroamérica, hasta que los terremotos de Santa Marta la destruyeron en 1773 y mudaron la capital a la actual Ciudad de Guatemala.
Un dato que me encantó es que el nombre “Acatenango” viene del náhuatl: “acatl” es caña o carrizo y “tenango” es lugar o cerro, o sea, “el cerro de las cañas”. Para una mexicana, encontrarte náhuatl del otro lado de la frontera se siente bonito. De hecho, la palabra “Guatemala”, también viene del náhuatl “Quauhtemalan“, que significa “lugar de muchos árboles”. Aunque según lo que investigué, el náhuatl ya no se habla en Guatemala, sigue estando presente en su toponimia.
Lo que hace el hike tan demandante: La altura
Se recomienda que te aclimates a la altura por uno o dos días en Antigua, que está a unos 1,545 msnm, para que tu cuerpo se acostumbre al nivel de oxigenación, especialmente si vienes del nivel del mar.
La caminata arranca en La Soledad a unos 2,491 msnm, el campamento queda alrededor de los 3,600 msnm, y la cima a 3,976msnm. O sea que subes de 1,500 a casi 4,000 metros en menos de 24 horas. Eso es muchísimo desnivel en muy poco tiempo.
El tema es que entre más alto, menos oxigeno, y si subes rápido a tu cuerpo le puede afectar. Por eso mismo, mi mayor miedo era el mal de altura. Hay quienes toman medicamentos antes del hike para ayudarles a su cuerpo a lidiar con la altura. En Antigua se puede conseguir una pastilla que te puedes tomar unas 24 hrs antes del hike. La verdad a mi me daba más ansiedad tomar un medicamento random que la idea de lidiar con como mi cuerpo fuera a reaccionar, así que decidí no tomarla y confiar en ir a mi propio paso (spoiler: mi paso fue lentísimo, y probablemente eso me ayudó).

Reserva tu experiencia en Acatenango con tiempo
Este tour es de los más demandados de toda Guatemala, y se llena. Nosotros reservamos con bastante anticipación, y aun así, cuando lo hicimos solo quedaba disponible el paquete más básico. Así que si tienes fechas, aparta tu lugar cuanto antes. Entre más esperes, menos opciones de cabaña y comodidad te van a quedar.
Yo reservé con Tropicana, un hostal en Antigua, aunque decidí hospedarme en otro lugar.
Esta no es una recomendación pagada, simplemente el tour que yo compré. Ellos tienen varios paquetes (del más sencillo a cabañas más cómodas “VIP”), todos incluyen lo esencial: guías locales certificados, equipo de campamento, comida y un campamento con una de las mejores vistas al volcán de Fuego.
Un detalle importante que vale la pena mencionar, es que si decides hacerlo con otras compañías, checa bien si tienen vista al volcán desde el campamento. En mi proceso de búsqueda, me enteré de que muchos campamentos están regados en diferentes partes de Acatenango y no todos ven a Fuego. Esto es super importante porque si tienes la mala suerte de ir al mirador con mal clima, tienes muchas menores probabilidades de verlo en general.
Preguntas Frecuentes sobre Acatenango
¿Qué tan difícil es subir Acatenango para principiantes? ¿Necesito experiencia?
No necesitas experiencia técnica, yo no tenía ninguna, era mi primer hike, pero no te voy a mentir: es exigente. Son entre cinco y nueve horas de subida casi continua y empinada, a gran altura. Si haces algo de cardio y fuerza de piernas antes del viaje, te lo vas a agradecer.
¿Qué llevar para subir Acatenango?
La regla de oro es: capas, capas y más capas. Vas a pasar de calor caminando bajo el sol a un frío de menos de 0 °C en la noche, todo en el mismo día. Lo bueno es que si vienes de un viaje largo y no planeas andar cargando ciertas cosas, mucho de esto lo puedes rentar allá.
Ropa:

- Capas térmicas / base layers de preferencia dos juegos, uno para caminar y otro seco para dormir.
- Un fleece o polar, yo tengo este de The North Face lo compré justo para esto y terminó siendo una super adición a mis viajes. No sabía que algo tan delgadito podía ser tan calientito.
- Una chamarra caliente y algo rompevientos/impermeable de verdad. (No seas como yo, que me llevé un impermeable nada práctico)
- Gorro y guantes. Hacen muchísima falta en la noche.
- Zapatos de hiking con buen agarre, por favor no lo hagas con tennis normales. Yo llevé botas de hike y qué bueno porque llovió todo el santo día. Vi a un chico que traía exactamente los mismos tenis blancos que yo tengo en casa y estuve a nada de empacar. Los traía empapados, llenos de lodo y se iba resbalando. Me vi en un universo paralelo y di gracias. Ah, y durante mi viaje por Guatemala me crucé con más de uno con el tobillo lastimado por andar subiendo cerros así nomás.
- Calcetines secos extra para el segundo día.
- Un buff o paliacate para el polvo y el frío.
Otras cosas:
- Lámpara de cabeza (headlamp) con buena batería, esencial para la subida a la cima a las 4 de la mañana.
- Bloqueador y lentes de sol a esa altura el sol pega muy fuerte.
- Batería portátil, porque no hay dónde cargar nada.
- Snacks de energía, tu cuerpo te lo va a agradecer a media subida, yo llevé un mix de nueces y unas barritas de proteína y energía de dátiles que encontré en un súper de Antigua.
- Papel de baño, no necesitas un rollo completo pero trae suficiente para dos días.
- Antibacterial o toallas húmedas, arriba no hay ni donde lavarse las manos.
- Bastones de senderismo, indispensables para la subida y bajada.
- Una bolsita para tu basura todo lo que sube, baja contigo.
Lo bueno es que Tropicana incluye tres prendas prestadas con el tour y puedes rentar extra por una pequeña cuota si no traes todo (cosa probable, porque ¿quién viaja a Guatemala con ropa para 0 grados?). Pregunta qué incluye tu paquete y ve qué necesitas rentar o comprar.
Por cierto, mi tour incluía 4 litros de agua que tú tienes que cargar, 1 de esos litros se lo entregas al guía ya arriba, porque lo usan para preparar bebidas calientes y sopas en el campamento.
¿Contratar porter o no en Acatenango?
Una de las mejores decisiones que tomé fue contratar porter. Te dan la opción de contratar a alguien que lleve tu mochila hasta el campamento, y honestamente, no sé si yo lo habría logrado sin él. Cuesta alrededor de unos 35 USD por 10 kg, y se puede compartir entre dos. Yo lo compartí con Adri. Así que en mi espalda solo subió mi mochila de día con snacks, agua y básicos para el camino al campamento.

¿Cuál es la mejor época para subir Acatenango?
Guatemala tiene temporada seca (de noviembre a abril, más o menos) y de lluvias (de mayo a octubre). Si quieres más probabilidad de cielos despejados para ver Fuego, la temporada seca es mejor; los meses más fríos y despejados suelen ser de diciembre a febrero. Yo lo hice en temporada de lluvias y ya verás más abajo cómo me fue.
¿Qué es el mal de altura y cómo lo manejo?
El campamento está cerca de los 3,600 msnm, y la cima a 3,976. A esa altura es común sentir síntomas: dolor de cabeza, náuseas, mareo, cansancio o falta de apetito. Para reducir el riesgo: pasa uno o dos días en Antigua antes (para aclimatarte), hidrátate mucho, sube a un ritmo lento y constante, y no te excedas con el alcohol la noche previa. Si eres propensa, consulta a tu médico sobre llevar medicamento. Yo decidí no tomar nada y el paso lento me funcionó, pero cada cuerpo es distinto.
¿Cuál es la diferencia entre el campamento base y la cima en Acatenango?
No es lo mismo. El campamento base (~3,600 msnm) es donde duermes y desde donde se ve Fuego hacer erupción toda la noche, para muchos, la mejor vista. La cima de Acatenango (3,976 msnm) es una caminata adicional y opcional, normalmente de madrugada (~4 am), para ver el amanecer y Fuego desde el punto más alto. Yo me quedé en el campamento y no subí a la cima, y no me arrepiento ni tantito.
¿Hay opciones veganas o gluten free en el tour a Acatenango?
Sí. Con mi tour había opciones veganas y gluten free en todas las comidas. Si eres vegana como yo, avisa al reservar y confírmalo para que adapten tus comidas. Y lleva tus propios snacks, por si acaso.
¿Necesito seguro de viaje para Acatenango?
Para una actividad así, altura, esfuerzo físico, terreno irregular, yo no la haría sin un seguro que cubra actividades de aventura. Revisa que tu póliza incluya trekking de altura. Yo recomiendo Genki, incluye hiking o trekking con restricciones, incluyendo max 4000msnm.

Mi experiencia subiendo el volcán Acatenango
⚠️ Antes de leer: una nota importante (actualizada a 2026)
Esta es la crónica de mi experiencia subiendo Acatenango, y la escribo como un relato personal. Yo hice esta caminata antes de que se anunciaran las restricciones que menciono adelante. Lo que viví, incluyendo el cruce de mis amigos a Fuego, era posible y permitido en ese momento; hoy la situación es distinta.
El volcán de Fuego ha tenido un aumento de actividad en 2026, y las autoridades guatemaltecas han emitido restricciones. En particular, el cruce o ascenso al volcán de Fuego (la caminata que en este texto hacen mis amigos) fue prohibido en abril de 2026 por la Municipalidad de Acatenango, junto con la permanencia en zonas como El Camellón y La Meseta. Acercarse al cráter implica riesgos graves: quemaduras, lesiones, problemas respiratorios e incluso la muerte, y desobedecer las prohibiciones puede acarrear sanciones.
Algo que vale la pena recordar: cuando ignoras una restricción, no solo arriesgas tu propia vida. En caso de emergencia, pones en peligro también la de los equipos de rescate que tendrían que ir por ti, exponiéndose a un volcán activo para sacarte de ahí.
Las condiciones cambian constantemente: una restricción puede ponerse o levantarse según la actividad del volcán. Por eso, antes de planear cualquier ascenso:
- Consulta el estatus actual en fuentes oficiales, justo antes de viajar:
- INSIVUMEH (boletines volcánicos diarios)
- INGUAT – Asistencia Turística: inguat.gob.gt y en instagram @inguatoficial
- Respeta todas las restricciones y nunca te acerques al cráter de Fuego, por más tentadora que sea la foto.
- Recuerda que la naturaleza es impredecible.
Tu vida vale infinitamente más que cualquier experiencia o fotografía. Ve con cuidado, ve informada, y ve con respeto por la montaña, por quienes viven a sus pies y por quienes tendrían que arriesgarse para auxiliarte.
El día del ascenso
La mañana comenzó con una calma engañosa. El cielo sobre Antigua era azul, el aire tibio, la atmósfera tranquila. Prometía ser un día hermoso. Llegamos al hostal, donde nos dieron el desayuno y nos explicaron los detalles del tour.

Comimos rápido; yo traía el estómago revuelto por las ansias. Estaba a punto de hacer algo que no terminaba de comprender. Me tomé un café casi sin respirar y entonces empezó el caos: mochilas abiertas por todos lados, gente haciendo fila, probándose y descartando chamarras, gorros y pantalones. El inventario nervioso de último minuto: “¿me lo llevo?”, “¿crees que me haga falta?”, le preguntaba a Adri cada cinco minutos. Renté una chamarra y un gorro. Qué bueno, creo que sin ellos no habría soportado lo que vino después.
Mientras acomodábamos las cosas, el azul del cielo empezó a ensuciarse de gris y cayeron las primeras gotas. Fueron pocas, pero las suficientes para sembrarme la duda: ¿me llevo el impermeable? El problema es que el mío lo compré en Vietnam, para andar explorando arrozales en moto, nada que ver con subir un volcán. Es largo, pesado e incómodo de cargar si al final no hacía falta. “Llévalo”, me dijo Adri sin titubear. Y ni modo que no le hiciera caso a la experta.
Subimos a un bus que nos llevó al punto de arranque, donde rentamos lo que faltaba: lámparas de cabeza y bastones. Mientras terminábamos de alistarnos, varios se formaron para comprar impermeables desechables a última hora; a esas alturas era evidente que el cielo no iba a ceder. Aquí ya estaba completamente gris, y el frío me congelaba las mejillas. Al hablar, veía el aire condensarse al salir de mi boca, y los guantes apenas me alcanzaban para sentir las manos.
Los guías nos reunieron y explicaron el camino. Los porters se prepararon con nuestras maletas. Cuando por fin estuvimos listos, volteé a ver a Andrew, mi novio, también envuelto en capas y casi irreconocible bajo tanta cosa. “¿Estás listo?”, le pregunté. Me sonrió y extendió la mano. Qué bueno que él no me preguntó, porque yo no estaba lista. Así, empezamos a caminar juntos hacia el volcán.
Frente a nosotros se extendía una fila mucho más larga de la que había imaginado. Gente de todas partes del mundo, idiomas que no reconocía, todos avanzando despacio en la misma dirección, movidos por el mismo deseo de ver el volcán de fuego y por un instante, dejé de sentirme sola con mi miedo.
La subida

Comenzamos la subida en aquel día helado, tan distinto a lo que me esperaba. Todo lo que había visto antes eran personas subiendo en días de calor; sabía que en la cima haría frío, pero no estaba mentalmente preparada para que me acompañara todo el camino. No llevábamos ni veinte minutos cuando empecé a sentir la respiración apretada. Hice la cuenta, “¿de cinco a siete horas, dijeron?” y en silencio comencé a redactar mi despedida, “¿y si me regreso?”, pensé. “Ya estoy aquí, lo tengo que intentar”.
El camino subía y subía, sin un solo tramo plano donde recuperar el aliento. Por momentos la lluvia se iba y regresaba con fuerza. A veces era solo el frío y la tierra mojada; otras, de repente, corrientes de agua negra bajaban por el sendero justo cuando uno intentaba subir.
La fila, que al principio parecía una multitud, se fue dispersando poco a poco, hasta que sentí que solo quedábamos Andrew y yo. Adri y sus amigas iban adelante, a un ritmo constante, seguidas por el guía. Yo venía bastantes metros atrás, deteniéndome a cada rato a recuperar la respiración y, de paso, las ganas de seguir.
Tenía un frío que no había sentido más que en los inviernos helados de Europa. Mis pies se tropezaban con el largo impermeable, que se iba rompiendo y llenando de lodo a cada paso. La lluvia empañaba y mojaba mis lentes, dejándome con muy poca visibilidad. Me los quité, y eso me dejó casi ciega: la verdad es que no distingo un rostro a unos metros de distancia. Y aun así decidí, a media montaña, entre desconocidos y bajo la lluvia, quitármelos y concentrarme únicamente en mis propios pies. No tengo muchas fotos del camino hacia arriba; casi todo mi registro mental de la subida son solo mis botas enlodadas. Un pie, luego el otro. ¿Qué estoy haciendo aquí?, me preguntaba cada tantos pasos.
Ok pausa. ¿Te estoy espantando? No es mi intención, pero tampoco voy a inventarte una historia que no pasó. Mereces que te cuente nada más que la verdad. Solo dame chance, termino mi drama y te cuento la cara buena de esta historia.

Como venía diciendo, yo era la última. No de mi grupo de amigas, sino de todo el tour. De no haber sido por Andrew, habría subido ese volcán prácticamente sola. Él se quedó detrás de mí, aunque pudo haber avanzado mucho más rápido. Cantaba para que pudiera escucharlo sin necesidad de verlo; me señalaba dónde pisar o hacia dónde girar cuando la vista me fallaba. Siempre estuvo ahí. El guía se detenía cada tanto a esperarnos, y aun así yo sentía que la distancia entre ellos y yo se hacía más larga, y yo me sentía cada vez más cansada.
Nunca había subido una pendiente tan exigente. Creo que mis años de pesas le hicieron un favor a mis piernas, que aguantaron mejor de lo que me imaginé. Bajo todas las capas, con las manos congeladas, el cuerpo me ardía. Era un calor que no viene del sol, sino de la energía que genera el propio esfuerzo. Mi problema fue el pecho. Casi toda la subida sentí esa presión justo en el centro: la sensación de cuando corres con toda tu fuerza y te quedas sin aire de golpe, pero sostenida, hora tras hora. La altura me estaba alcanzando, y lo podía sentir.
“Ve lento”, “ve a tu ritmo”, me repetía una y otra vez. “Que se vayan los demás”, “no te esfuerces de más”. Honestamente, ese paso lento fue, probablemente, lo que me salvó de un mal de altura. Pequeñas misericordias que la vida te concede justo cuando más las necesitas.
La llegada al campamento

A lo largo del camino hicimos algunas paradas, para comer o para reagruparnos. Eran los únicos momentos en que de verdad compartía el espacio con el resto del tour: nos juntábamos un rato, recuperábamos el aliento todos juntos, y luego, en cuanto el grupo se ponía de nuevo en marcha, yo volvía a quedarme atrás.
“Esta es la última parada antes del campamento”, anunció el guía en un tramo que olía a pino. Lo que venía después era una de las vistas más hermosas de todo el ascenso: la llaman la Y, una sección donde el sendero se abre por encima de las nubes. Ahí, por fin, volví a sentir el sol en la cara. Y, también, por fin, el camino se aplanó.

Mi pecho fue cediendo poco a poco; el ritmo se aceleró sin aquella pendiente resbalosa empujándome hacia atrás. “Desde aquí se alcanza a ver el Lago de Atitlán”, comentó alguien. Empecé a quitarme las capas: el impermeable, la chamarra, el gorro, una por una, y con cada prenda que soltaba me sentía más libre.
—¿Ya casi llegamos? —pregunté.
—Estamos a la vuelta —me respondió el guía.
Un alivio enorme me recorrió, incluso antes de haber pisado el campamento.
Cruzamos un tramo rocoso, brincando entre las piedras, rodeando el volcán… y entonces, donde esperábamos ver a fuego por primera vez, una nube inmensa cubría el campamento entero. De golpe, lo que había sido sol y cielo abierto se convirtió en neblina.
Como siempre, todos se adelantaron, y Andrew y yo nos quedamos atrás. Apenas se veían dos o tres metros hacia adelante, incluso con mis lentes ya puestos de nuevo. Entre la neblina, se asomaban techitos de cabañas, dispersos entre las rocas como fantasmas.
Nos perdimos un poco, hasta que un guía de otro tour nos señaló el camino. “Ya están a unos minutos.” Y yo no lo podía creer.
Nuestro guía, que ya nos andaba buscando, nos encontró y nos llevó a la cabaña. Las demás ya estaban ahí, sentadas, acomodando sus cosas. La cabaña era pequeña; apenas cabíamos los ocho de nuestro grupo. Una tabla de madera sostenía un sleeping bag tras otro tras otro, pegados casi sin espacio entre ellos. Quedaba apenas medio metro para caminar a lo largo de aquel cuartito donde pasaríamos la noche.
Y entonces se escuchó: el rugido del volcán estallando a unos cuantos metros de distancia. Salí volando de la cabaña, pero la gran nube lo cubría por completo.
—No sabemos si se vaya a ver —nos dijo el guía. La verdad está bastante nublado.
—¿Ha pasado que no se ve nada?
—Sí —respondió —Así es la naturaleza, impredecible. Hay quien ha venido y no ha visto nada. Ojalá se despeje más tarde. Ayer el día estuvo perfecto, sin nubes, sin lluvia. Hoy, en cambio… ya viste cómo estuvo la subida.
Y mientras lo decía, nos iba entregando las sopas calientes.
La decisión de ir, o no, a Fuego
—Más tarde les avisamos si sale o no el grupo a Fuego —dijo. Tomen en cuenta que esa parte no va con Tropicana, sino directo con nosotros los guías. Si quieren ir, decidan; si sale, nos vamos a las seis. Depende del clima… aunque lo veo difícil. A esta hora, si se fuera a despejar, ya estaría visible.

La caminata al Fuego tiene un costo extra, algo que ya sabíamos desde antes de reservar, te lo explican al hacer la compra, y se organiza aparte, directamente con el guía.
—¿Vas a ir? —me preguntó Andrew, como si no hubiera sido testigo del trabajo que me costó subir Acatenango.
—No creo, amor. Ojalá se alcance a ver desde aquí; y si no, quizás mañana, en la subida a la cima pueda verlo. ¿Y tú?
—Yo creo que sí.
Pasó cosa de una hora, entre que me cambiaba la ropa mojada y me terminaba la sopa, cuando Adri entró a la cabaña con la noticia: el volcán se estaba despejando. Ya se alcanzaba a ver un pedazo.
Salí, otra vez envuelta en capas, y me paré cara a cara con el volcán de fuego. El paisaje se había abierto y empezaban a encenderse los colores del atardecer. Pero entre el volcán y yo quedaba todavía una hilera de nubes, como si quisieran cubrirlo solo a él.
Miré las nubes desde arriba, y el cielo que se volvía naranja conforme pasaba el tiempo.
—Sí va a salir el tour al Fuego —avisaron.
El guía me volteó a ver, dudando.
—¿Tú vas a ir?
—No. Yo me quedo. Si con trabajo llegue aquí —me reí.
—Qué bueno —me dijo. La verdad es un camino bastante difícil. Es muy respetable reconocer los propios límites; muchos no lo hacen, y la pasan mal. Vete al campamento general para que no estés sola, y espera a tus amigos en la fogata. Parece que todo tu grupo sí va a ir.
Me quedé mirando el volcán, todavía escondido tras una pequeña nube. Y entonces, otro estruendo. La ceniza salió disparada y cayó como una lluvia gris. Fue la primera vez que vi estallar un volcán. Escondido y todo, estaba sucediendo frente a mi.
Cara a cara con Fuego

El grupo que iba al Fuego partió, y me quedé sola en la cabaña, sin saber bien qué hacer. Acomodé mis cosas y caminé los pocos metros que me separaban de la cabaña general. Me senté donde apenas empezaban a apilar los troncos para la fogata, y fue justo entonces cuando el cielo terminó de despejarse.
Ahora sí podía ver a Fuego estallar sin obstáculos. La ceniza gris reventaba con fuerza y resbalaba por las faldas del volcán. Con cada explosión, un murmullo recorría a la gente a mi alrededor “wooow”, exclamábamos todos a la vez, mientras el sol terminaba de meterse y, con él, la lava se volvía más y más visible.

La fogata acabó de encenderse y los pocos que nos quedamos nos sentamos alrededor, con vista directa al volcán. Alguien sacó vino; los guías repartieron la cena y luego chocolate y bombones para asar. No conocía a nadie, así que por un rato me quedé sentada en silencio, admirando el entorno, mientras los demás platicaban entre ellos.
Acerqué las manos al fuego y sentí el calor regresar a mi cuerpo. Y con cada explosión del volcán, me sentía más segura de haber tomado la mejor decisión para mí. Incluso antes de partir, Andrew me había dado un beso y una última pregunta: “¿Segura que no vienes?”. “Segura”, le dije. Aunque, por dentro, una parte de mí había dudado.
Ver el volcán estallar, más de veinte veces a lo largo de las horas que pasé ahí sentada, esperando a los demás, me fue quitando cada gramo de aquella inseguridad.
—Han de estar sufriendo los que se fueron —dijo un chico, sorbiendo tranquilamente su chocolate caliente.
—Creo que quedarnos aquí fue la mejor decisión —respondió alguien más, en cuclillas, calentando sus bombones sobre la fogata —Yo creo que ni han visto las explosiones todavía, porque desde el camino no se alcanza a ver, y cuando partieron estaba nublado.
Tenía razón, pero me enteré horas después.
“No necesito verlo más de cerca” pensé.
Los que cruzaron a Fuego
Cuando terminó de caer la noche, el volcán volvió a nublarse. Para entonces ya lo había visto estallar unas veinte veces, y desde la fogata se alcanzaba a distinguir una hilera de luces que avanzaba hacia él. Parecían hormigas relucientes, moviéndose despacio; unas iban y otras venían sobre el mismo sendero. ¿A qué hora llegarán?, nos preguntábamos los que nos habíamos quedado a esperar.

Llegó una chica de otro tour, de regreso de haber visto el volcán de cerca. Su grupo se había quedado atrás y ella se había adelantado. Nos contó que es algo irreal sentarse frente a un volcán en erupción: sentir la tierra temblar debajo de ti, ver a Fuego estallar a unos metros de distancia.
—Nunca había experimentado algo así —dijo —pero el camino es extremadamente difícil. Tienes que bajar Acatenango y luego volver a subir, todo por un sendero estrechísimo, con muy poca visibilidad. Es rocoso y resbaladizo —Hizo una pausa —Van a tardar. Cuando yo venía de regreso, apenas había grupos saliendo.
Y tenía razón. En total, mi grupo tardó cinco horas en volver. Llegaron por partes: primero Adri y unas amigas, luego otras dos, y al final, por fin, Andrew.
—¡Amor! —lo recibí con un beso y un abrazo. Traía una sonrisa que le cubría toda la cara —¿Cómo les fue?
—Fue muy difícil; me duelen las rodillas como nunca —me respondió —cuando llegamos, una nube lo acababa de cubrir. Vimos una explosión a través de las nubes. Fue increíble sentir el rugido y ver la lava desplazarse por la ladera. La explosión como tal, sin embargo, ya no se vio.

Me mostró una foto. El cielo estaba en llamas, completamente rojo; se veía la falda del volcán, mas no la cima. El entorno parecía sacado de cómo siempre había imaginado el fuego del infierno, o la tierra en pleno apocalipsis. Una neblina roja abrazaba la cumbre, y a un costado se distinguían las llamas de la lava deslizándose.
Así es la naturaleza: unos van y lo ven, otros no, otros lo ven a medias.
—¿Valió la pena? —le pregunté.
—Sí. Fue increíble.
Me confirmó que desde el camino no se ve. Ellos nunca alcanzaron a presenciar la imagen del volcán despejado escupiendo lava, porque para cuando regresaron, la vista desde el campamento ya se había vuelto a tapar.
Cada quien tuvo la experiencia que fue a vivir, y eso es lo que importa. A mí no me servía tenerlo cerca: me servía verlo ser. Ellos, en cambio, fueron a sentir su energía, sentados en la falda del volcán en plena erupción.
La noche en el campamento
Nos fuimos a dormir. Nos acomodamos en los sleeping bags, pegadas las unas a las otras, y Andrew junto a mí. Tenía los calcetines mojados y los pies congelados. Me dormí con las mismas capas con las que había subido, y aun así sentía la piel arder de frío. La verdad es que apenas dormí: entrecerraba los ojos y, de pronto, la dureza de la tabla que nos sostenía se me clavaba en la espalda.
A mitad de la noche se escuchó el estruendo más fuerte de toda la experiencia. Sentí la madera de la cabaña temblar conmigo. Me dio miedo. Pero también emoción.

De madrugada, otro grupo salió rumbo a la cima de Acatenango para, una vez más, ver a Fuego en erupción. Decidí saltármelo. Estaba completamente satisfecha con lo que había vivido, y preferí descansar un poco más para guardar energía: todavía quedaba el camino de bajada.
Salí de la cabaña casi al final del amanecer. Alcancé a ver unos cuantos rayos de luz naranja colándose entre las nubes, y el volcán de nuevo enorme, imponente, escupiendo una fumarola gris. Desayunamos y empezamos a arreglar nuestras cosas para el descenso.
Regresaron los pocos que sí habían subido a la cima, esta vez, mi grupo se había quedado. La curiosidad me carcomía, así que pregunté entre los del tour. Me mostraron sus fotos: se veían increíbles. Y aun así, no me sentí mal de mi decisión. Al final, la vista no era tan distinta.
El día estaba despejado, y no parecía que la lluvia fuera a complicarnos el camino.
El descenso
Salimos del campamento rumbo a la Y. Justo antes de rodear el volcán, volteé a ver a Fuego una última vez, y en ese mismo instante soltó una erupción, casi de despedida.

Nos adelantamos al grupo del hostal, pero en el camino, ya en la Y, nos alcanzaron. Éramos una fila larga de personas; mi grupo, Andrew, Adri y las demás, veníamos hasta adelante. Cruzamos el angosto sendero uno detrás del otro, hasta que empezamos a bajar. La pendiente fue abriendo el camino, algunos se adelantaron, y otros nos fuimos quedando atrás.
Bajar fue una experiencia completamente distinta. El día estaba soleado y caluroso, y mientras más descendíamos, más subía la temperatura y yo me iba quitando capas en el trayecto. Los árboles se veían de un verde vibrante, y el cielo azul se asomaba entre las ramas. El camino ya no estaba enlodado ni encharcado, era un trayecto seco, de tierra suelta. Aunque la falta de agua no le quitaba lo resbaladizo.
Esta vez también Andrew y yo nos quedamos atrás. Solo que ahora era por sus rodillas, con cada paso sentía el peso de su cuerpo entero cargando sobre ellas. Nuestro guía estuvo al pendiente de nosotros todo el regreso.
—¿Cómo van? ¿Todo bien? —nos preguntaba —Su grupo se adelantó, les dije que se fueran, les indiqué el camino y yo estoy al pendiente de ustedes. Les recomiendo que intenten bajar más rápido, hasta corriendo si pueden. Así duele menos en las rodillas, pero con cuidado.

Lo intenté, y tenía razón. Bajar corriendo era más fácil, me sostenía con los bastones para no caer.
Andrew, en cambio, descubrió que a él le funcionaba mejor bajar de reversa. Así que vino, literalmente, de espaldas todo el camino. Algunos lo rebasaban y le sonreían.
—Viene haciendo el moonwalk —dijo alguien por ahí.
Así, dejándolo avanzar un tramo y luego corriendo para alcanzarlo, o al revés, bajamos todo el camino. Hasta llegar, de nuevo, a aquella sección donde el día anterior me había estado preguntando si lo lograría.
Llegamos de vuelta al punto de partida pasando el mediodía. Tierra firme, otra vez. El cuerpo molido, las piernas temblorosas, pero enteras. Subimos al bus que nos regresó a Antigua y, mientras la ciudad reaparecía entre las ventanas, su clima tibio, sus calles empedradas, me costaba creer que apenas el día anterior hubiera estado redactando mi renuncia a media montaña.
No necesitas llegar sin miedo
Durante meses le tuve miedo a este volcán. Lo llevé a terapia, lo esquivé, lo convertí en un monstruo mucho antes de conocerlo. Y la verdad es que no me equivocaba del todo: fue difícil. De lo más difícil que he hecho. Pero lo que no había entendido y lo que ningún reel me iba a enseñar, es que no hacía falta llegar sin miedo. Solo hacía falta llegar.
No fui la más rápida. Fui la última. No subí a la cima, no caminé hasta Fuego. Y cada vez que elegí quedarme, elegí escucharme. Resulta que eso también es una forma de valentía: reconocer hasta dónde quieres llegar, sin dejar que nadie te convenza de que tu experiencia vale menos por ser distinta. A mí no me servía tenerlo cerca; me servía verlo ser. Y lo vi. Estallar veinte veces, frente a mí, después del día más exigente que recuerdo en mis más de cuatro años viajando por el mundo.
Al final entendí algo: no vencí al miedo. Fui con él. Hubo tramos en que me apretaba la garganta y el pecho, otros en que me hacía dudar de cada decisión. Y aun con esa voz repitiéndome “no lo vas a lograr, te vas a terminar regresando”, llegué. No conquisté nada: expandí lo que creía posible. Por eso hoy me atrevo a más. Ya sé que mi límite no se queda a los 3,700 metros sobre el nivel del mar.
Si estás leyendo esto con el estómago revuelto, dudando de si tú podrías, tú, que no eres hiker, que le tienes miedo, que quizás vienes del nivel del mar y de la ansiedad, déjame decirte lo que a mí me habría gustado escuchar: puedes ir lento. Puedes ser la última, puedes saltarte lo que tu cuerpo te pida saltarte, puedes tener miedo todo el camino.
Nada de eso te quita el derecho de estar allá arriba, viendo la noche arder.

