Tenía diecinueve años y estaba sentada en el suelo caliente de un parque con la cámara colgada del cuello, esperando a que un niño se echara a correr.
Era San Miguel de Allende, uno de mis primeros viajes sola y probablemente donde empezó todo lo que hasta hoy he aprendido de fotografía de viaje. Estuve ahí diez días, que hoy me parecerían un viaje express y que en ese momento se sentían una eternidad lejos de casa. El día que tomé esa foto salí a caminar con mi cámara sin plan ni nada que ver a ninguna hora, solo quería conocer la ciudad.
Llegué a uno de esos parquecitos que hay en casi todo México, con un kiosco o una estatua a la mitad y su iglesia al lado. Una señora estaba sentada en el borde que rodea la estatua echándoles migajas a las palomas, y a lo lejos, un niño jugando. Vi la escena y pensé que en cualquier momento ese niño iba a pasar corriendo entre las palomas, así que me senté en el suelo a unos metros frente a la señora y esperé.
El piso me quemaba las piernas y cada cinco minutos me urgía cambiar de posición. La gente pasaba y algunos me ignoraban, otros me miraban raro. Y yo ahí, apuntando mi cámara a aparentemente nada en particular.
El niño iba y venía. Corría hacia un lado, se distraía, regresaba, pero nunca por en medio. Pasaron quince minutos y mi ansiedad ya me estaba pidiendo desertar “no va a pasar, hay una ciudad entera allá afuera esperándote”. Pasaron veinte, ya me iba a levantar, resignada, con el pantalón sucio y las piernas dormidas, cuando por fin lo vi acercarse y cruzar. Las palomas se levantaron todas al mismo tiempo y alcancé a disparar. El sonido del aleteo y el sonido de mi obturador se hicieron uno.

Han pasado doce años y la foto que puse de portada en este artículo sigue siendo una de mis fotos favoritas en la vida. La veo con muchísima nostalgia y cariño. No tenía técnica, ni equipo caro, ni un lugar super exótico para fotografiar. Me encanta porque cada vez que la veo me acuerdo de quién era yo ese día, una morrita que todavía no sabía nada de nada, pero que estaba aprendiendo a observar en lugar de seguirse de largo.
Te platico esto de entrada porque llevo más de cuatro años de nómada digital y gran parte de mi trabajo fotográfico se lo he atribuido a “viajar lento”, pero me encargué muchísimo de que este artículo sobre fotografía de viaje, no haga parecer que requieras hacer lo mismo.
Genuinamente pienso que no necesitas mudarte a otro continente ni dejar tu trabajo para hacer foto de viaje, mientras escribo esto, me doy cuenta de que lo que cambió mis fotos no fue la cantidad de sellos en el pasaporte, ni cuanto tiempo me quedo en un lugar, fue más bien dejar de tener prisa.
Lo que cambia en tu fotografía de viaje cuando bajas la velocidad
Hay un patrón que me pasa cada que llego a un lugar nuevo y recién me di cuenta. Es que los primeros días fotografío edificios, paisajes, tomas abiertas, generales. Son fotos de “ya llegué” o como de presentación de una ciudad o un pueblo. Siento que es mi forma de procesar el nuevo espacio en el que estoy. Esas fotos están bien, algunas me gustan, pero me he dado cuenta de que son fotos de alguien que todavía está viendo el lugar desde afuera.

Después de un rato en la misma ciudad (a veces son semanas, a veces son dos días) empiezo a ver otras cosas como los detalles de las manos de la señora que vende fruta en el mercado, o la forma en que la luz de las cuatro pega en una pared específica, o cómo la banqueta rota le da personalidad a una calle en particular, y sobre todo, comienzo a ver a las personas que viven ahí y pasan siempre por los mismos lugares a la misma hora. Ya verás conforme vayas leyendo que a mí, la gente haciendo su vida normal, me inspira un montón.
Creo que este cambio de fotos, de ir de fotografías generales a fotografiar la vida no es precisamente provocado por el tiempo, sino por una sensación como de “no tengo nada especifico que hacer”.
Cuando viajas rápido todo pasa alrededor de ti como una ráfaga o un destello y vas persiguiendo un itinerario con experiencias pre-establecidas. Hay un tic-tac de reloj que marca el ritmo de todo, y aunque no lo pienses, dentro de ti sabes que te quedan cuatro cosas más en la lista por hacer. Esa urgencia sin duda, se entremete en tu forma de mirar al mundo.
Ir lento te da el lujo de salir a caminar sin otro propósito más que el de ver el mundo pasar. Sin un destino especifico y sin la idea de la foto perfecta del monumento en turno. Se trata de observar y permitirle al entorno otorgarte esa profundidad que, de otra forma, ignorarías. Mis fotografías de viaje favoritas las he tomado porque me tomé el tiempo de ver algo que estuvo siempre ahí, esperando a que no llevara prisa para detenerme a observarlo.
El mismo lugar nunca es el mismo lugar
En mi experiencia cuando pasas por las mismas calles a horas completamente distintas accedes a diferentes mundos. Si vas al súper a las nueve, sales por un café a las cuatro, o regresas de cenar a las once… sin proponértelo estás haciendo un muestreo del lugar.

De tanto pasar por los mismo lugares en diferentes partes del mundo me di cuenta de que cada esquina tiene chorro mil versiones. Unas dependen de la luz, la hora en que el sol se mete detrás de un edificio y media calle se apaga de golpe, el día nublado que suaviza todas las caras o la luz de las seis de la tarde que hace ver bonito hasta un estacionamiento, pero las otras versiones no tienen nada que ver con la luz.
Un mercado en martes a las once de la mañana no es el mismo mercado en sábado a las once de la mañana, aunque el sol esté exactamente en el mismo punto del cielo. Cambia quién está ahí, el volumen, si la gente va a comprar o va a pasear, etc. En martes los puestos atienden a la señora de siempre y hay conversaciones largas entre puesto y puesto. En sábado hay carriolas, hay familias, hay ruido, hay alguien discutiendo el precio de algo. Es la misma luz, pero el lugar es diferente.
Siento que esto es exactamente lo que se pierde cuando visitas un sitio una sola vez. No te llevas el lugar, te llevas una de sus mil versiones, la que te tocó, y casi siempre la que le tocó también a todas las demás personas que llegaron ese mismo día a esa misma hora, en el mismo tour.
Aclaro que no tiene nada de malo ir en tour, en muchas ocasiones solo tenemos una oportunidad de ver un lugar y ya, es lo que es. Pero si estas caminando por una ciudad y la vida te da la opción de volver a pasar un por una calle a diferente hora del día, te recomiendo que la aproveches.
Viajar lento no significa quedarte un mes
Ya sé que suena contradictorio hablar de “viajar lento” y luego decirte “no necesitas quedarte un mes (o más)”. Hablo de rutinas y de meses porque esa es mi vida, pero no es el requisito para hacer fotografía de viaje.
Ir lento tiene mucho menos que ver con cuánto tiempo tienes y mucho más con cuántas cosas le metes a ese tiempo. Puedes tener tres días y viajar lento. También puedes tener tres meses y andar con una prisa espantosa, lo sé porque lo he hecho.
Lo único que cambia de verdad es que dejes huecos. La foto perfecta casi nunca pasa en un punto del itinerario, pasa en el rato muerto en que no tenías nada planeado.
Hace unos años, viajando en Estambul con amigos, ya llevábamos un rato dando vueltas por las mismas zonas de siempre y un día dijimos “¿y si nos vamos caminando para un lado que no sea turístico?”. Sin destino, nada más caminando hacia donde ya no había letreros en inglés. Y de pronto estábamos en otro Estambul. Mujeres con hijab caminando con un niño de cada mano. Otras completamente cubiertas de negro, con solo los ojos visibles, cargando una mochila escolar. Señores con bolsas del mandado. Gente parada en el marco de la puerta de su negocio viendo la vida pasar (lo que me he dado cuenta que es un deporte universal).

Ahí tomé una de mis fotos favoritas de ese viaje y no requirió que viviéramos en Turquía por meses, solamente requirió una tarde sin plan y la decisión de caminar en la dirección contraria.
Si vas a estar poco tiempo en un lugar y quieres saber cómo tomar mejores fotos de viaje sin cambiarle la vida entera a tu itinerario, estas son las cosas que sí cambian el panorama.
- Escoge menos lugares. Tres días en una ciudad en lugar de tres ciudades en tres días.
- Regresa. Si una calle te gustó en la mañana, vuelve en la tarde. Es la versión exprés de lo que yo hago en meses y funciona igual de bien.
- Camina el regreso. El taxi te ahorra veinte minutos y te cobra todo lo que había adentro de esos veinte minutos caminando.
- Deja una mañana sin plan. Una sola sin nada agendado, sin nada que ver o nada que tachar.
- Siéntate veinte minutos sin tomar ni una foto. Nada más a ver qué pasa, casi siempre pasa algo, sobre todo si estás en una zona concurrida (un mercado, una calle con mercados artesanales, un café con balcón)
- Sacrifica un punto de la lista. El que menos ganas te daba, ese tiempo suelto vale más que atiborrarte para ver “una ultima cosa”.
La diferencia entre alguien que va cuatro días a una ciudad y regresa con las mismas fotos que todos los demás, y alguien que regresa con fotos suyas, únicas e irrepetibles, casi nunca está en el equipo o en el talento sino en que esa persona se permitió una tarde para observar.
El problema con la fotografía de viaje perfecta
Hay un estilo de fotografía de viaje que estoy segura que ya conoces aunque ni te dediques a la foto. Es la calle más icónica de una ciudad completamente vacía a las seis de la mañana con el mismo edit naranja y turquesa que hace que Marruecos y Vietnam se vean igual, o la toma de espaldas con el vestido largo, rojo, volando frente al monumento histórico al atardecer, o el café de especialidad con la tacita de cerámica y una planta al fondo, que puede estar en Lisboa, en Ubud o en la Roma y no hay manera de saberlo sin un tag.
Es cierto que muchas de esas fotos son técnicamente increíbles. Hay gente con un ojo fotográfico envidiable logrando este tipo de imágenes con una consistencia admirable. Y muchas de esas fotos quizás jamás las tomemos ni tu ni yo, pero cuando las veo todas juntas me pasa que las veo todas iguales, como si hubieran sido tomadas por la misma persona, en el mismo lugar.
Pareciera que hay un acuerdo de cómo se debe ver una fotografía de viaje y que todo el mundo estuviera dedicándose a cumplirlo, fotografiando la idea del lugar en vez del lugar. No sé, a mi me gusta que se vea real. Que mi lente refleje lo que estoy viviendo de verdad, con su desorden, con su gente, con su caos humano perfectamente cotidiano.

De qué me sirve una catedral vacía
Vas a una catedral, te levantas a las seis de la mañana para que no salga nadie, esperas a que se despeje la última persona, disparas y te queda una foto limpia y simétrica… ¿ajá, y luego? ¿De qué me sirve una foto perfecta de una catedral si no tiene vida y no muestra el entorno real donde está? La gente que vive ahí, que pasa por enfrente todos los días camino al trabajo, que se persigna sin voltear, que vende algo en la esquina desde antes de que abriera el templo. Los niños que juegan con globos y corren alrededor de la plaza… Esa catedral no está flotando en el vacío, está en medio de una ciudad y esa ciudad tiene dueños. Nosotrxs pasamos, ellxs viven ahí, el lugar es de ellxs.
Si fotografío un lugar borrando a la gente que lo habita, lo que estoy haciendo es quedarme con la parte (en teoría) estética de un espacio y dejar afuera a quienes la sostienen. Hay algo que me incomoda profundamente de esa forma de ver el mundo y me tardé años en aprender a nombrarlo. Es una foto que trata al lugar como escenografía como si la ciudad existiera para verse bien en tu cámara y la gente que camina por ahí fuera un estorbo que hay que esperar a que se quite. Esa idea no me cabe en la cabeza.
Las fotos que (en mi opinión) valen la pena
Te voy a dar un ejemplo de una foto que tomé en Cavtat, Croacia, una ciudad pequeña a un rato de Dubrovnik. Aquí, solo estuve un par de días así que no fue un espacio en el que pudiera hacer rutina, ni pasar horas explorando el mismo lugar.
La foto que me gusta de ese viaje es una escena super tranquila con botes en el agua, gente tomando el sol y personas nadando a lo lejos con destellos del sol en el agua que le da un efecto, en mi opinión como mágico. Esta foto no tiene la tan famosa muralla medieval de Dubrovnik, ni un atardecer del color del fuego, es simplemente una tarde cualquiera de gente metida en el mar, otros asoleandose y ya.

Pienso que si le quitamos la gente a esa foto, se vuelve aburridísima, serían unas piedras y unos botes. Y esta imagen, como está, me parece justo lo contrario a la catedral a las seis de la mañana. En una te levantas temprano para evitar a todo el mundo, en la otra la escena es la gente quienes sostienen la imagen, existe por que están ellos ahí.
Cuando vayas a disparar una foto pregúntate ¿estoy tomando esta foto porque yo vi algo que me gustó, o porque ya sé cómo se ve una foto de este lugar?
Aprender a desaparecer
Descubrí que tengo una habilidad de la que no se habla tanto en el mundo de la fotografía y que me ha cambiado la experiencia de tomar mis fotografías de viaje. El truco es básicamente volverse invisible. No me refiero a andarme escondiendo o tomar fotos atrás de arbustos, sino que mi presencia, con una cámara en la mano se vuelve casi natural o neutro.
Cuando llegas a un lugar con una cámara la gente luego luego registra que estás ahí. Cambian de postura, bajan el volumen, se ponen más rígidos, o sonríen aunque no te estén mirando directamente ti. Siento que ese momento la gente deja de comportarse natural y a mi me interesa fotografiar a alguien que se comporta como si nadie lo estuviera viendo.
Entonces descubrí que el trabajo aquí es literalmente dejar de importar.
Siento que la capacidad de desaparecer entre una multitud, o volverse casi parte de la decoración de un espacio lo aprendí trabajando en un estudio fotográfico y en producciones audiovisuales. En un set, básicamente la chamba es estar presente sin ser el foco de atención. No cruzarte a cuadro, no hacer ruido, moverte en las periferias sin que tu presencia se note tanto.
Además, creo que cuando pasas años viendo cómo se construye una imagen ficticia, con la luz puesta y un encuadre bien pensado, empiezas a ver escenas en todo lo que te pasa en la vida. Te imaginas una escena antes de que ocurra, o tienes mayor sensibilidad a la posición de la luz y las sombras.
Digamos que sabes que si el niño voltea sería una escena increíble y te esperas a ver si sucede. A veces pasa, a veces no. Lo que me gusta de esta imagen es que es mitad lo que te digo, porque no hay casi nadie mirando a la cámara, pero mitad lo contrario, porque quien hace la imagen es el niño que sí volteó. Ja, siento que el arte está en las contradicciones.

Cómo se ve esto en la práctica
El truco es escabullirse sin pena pero con mucho respeto. Lo que yo hago literalmente es meterme entre la gente, sonreírles con cara de “uy perdón” pero seguir adelante, perderme un rato, dejar que se acostumbren a que ando por ahí, sonreírles con humildad si me miran raro y salir por el lugar más conveniente para tirar la imagen que venía buscando.
Cuando llego no levanto la cámara en el primer segundo. Camino, me quedo, dejo pasar tiempo, a veces tomo fotos a los alrededores y para cuando por fin disparo a mi objetivo, ya no soy taaan la turista que acaba de llegar, soy alguien más que lleva ahí un rato. Construyo cierta familiaridad incluso en los pocos minutos de estar ahí parada.
Me sorprende que cuando me escabullo en eventos (procesiones, marchas, eventos, fiestas) muy seguido termino hasta el frente, muchas veces en primera o segunda fila. Y lo que hago es simplemente ir avanzando poco a poco mientras todo el mundo se acomoda, sin empujar, solo me voy acercado casi siempre sin apurarme, hasta que tengo el espacio abierto para lograr la foto que quería. Nunca me he topado con una cara de molestia, al contrario.
Entre la gente
Semana Santa, San Pedro La Laguna, procesión de las frutas.
Imagina una mañana soleada en la que una multitud se adentra en las calles un pueblo a la orilla de Atitlán para recibir misa en tz’utujil, beber atole y posteriormente salir a la tradicional procesión de las frutas.
La misa fue en un callejón con una lona sobrepuesta en lo alto, bajo su sombra, decenas de sillas de plástico y banquitos se llenaron de la gente local vestidos con ropa tradicional. Quienes llegaron primero, se acomodaron en las sillas y quienes no, nos quedamos atrás, algunos sentados en las banquetas de la periferia.
Caminé con ellos a la misa pensando que pronto comenzaría la procesión. Poco a poco me di cuenta de que la misa tardaría más de lo que había previsto. La verdad dudé si quedarme o dar por hecho que “lo vi” y volver a casa, pero decidí esperar toda la misa parada bajo la sombra de un poste de luz.
Al terminar, las mujeres regresaron a formarse para la procesión y yo ya estaba ahí con la cámara, mirando.

Antes de comenzar, algunas se acomodaron en fila con sus canastas de fruta en la cabeza, que además de dejarles las manos libres las protegía del sol. La foto es de seis mujeres frente a una casa color turquesa, vestidas de menta y lila con encaje y algunas con una cinta enrollada en la cabeza haciendo de base para la canasta de palma que contiene las frutas.
Sobre fotografiar personas en la calle
Este es un tema amplio, y aunque planeo dedicarle un artículo entero más adelante porque en este texto no me alcanza el espacio para hacerle debida justicia, sí quiero dejar algo claro.
Fotografiar personas es un privilegio, que muchas veces te lo dan, y te lo pueden quitar.
Me ha pasado muchas veces que levanto la cámara y alguien me hace la seña de que no, a veces con la mano, a veces con la mirada, a veces nada más volteándose. Y ya. Bajo la cámara y sigo caminando. No insisto ni le doy la vuelta para tomarla de lejos y menos me hago la que no entendí.
Perder esa foto no me cuesta nada y tomarla contra la voluntad de alguien no está bien.
La invisibilidad de la que llevo toda esta sección hablando sirve para no interrumpir nunca para robar. La diferencia entre esas dos cosas es enorme sobre todo cuando andas fotografiando en lugares donde eres extranjerx y donde la cámara ya viene con una carga de quién retrata a quién.

Mi rutina de fotografía de viaje en un lugar nuevo
Voy a contarte lo que realmente hago cuando llego a una ciudad nueva con la advertencia de que esto es literalmente solo la logística de alguien que se va a quedar unos meses en x lugar y necesita resolver su vida. El chiste es que en este caos que mi vida de viaje, me aseguro de incluir la fotografía en mi rutina de algún modo y aquí mas o menos te explico como le hago:
El primer día
Llego, hago check in, y si todavía es una hora decente salgo a comer.
Esa primera salida es, para mi, de los momentos que más me emocionan de viajar. Es la primera vez que piso un lugar completamente desconocido y todo está por descubrirse, incluso lo más básico. Paso la primera tarde descubriendo dónde está el súper o si hay una verdulería cerca, dónde queda la farmacia, dónde quedan los cafés aesthetic o si en esta cuadra hay algo abierto después de las diez…
Sé que suena aburrido pero para mí es de los mejores momentos del viaje, y creo que quienes disfrutan meterse a un supermercado en el extranjero me van a entender perfecto. Si no vengo muerta de cansancio, escojo un restaurante que me obligue a cruzar la zona turística. Así de un jalón como y emprendo mi primera aventura.Y casi nunca traigo la cámara en este “primer encuentro”.
La verdad es que llego con tanto rush a un lugar que priorizo adaptarme y la cámara se queda guardada los primeros días. A veces me arrepiento, hay un sinfín de fotos que se me han ido por eso, pero lo que sí gano de ir caminando sin cámara es que observo sin la presión de producir. Estoy apreciando un lugar en vez de cazarlo. Además podríamos decir que estoy haciendo un tipo scouting.
Me pasa seguido que voy caminando a comprar algo y veo a alguien vendiendo cosas en una esquina, con una luz preciosa, o me topo con una calle que tiene muchísima vida y no traigo la cámara. Aun así en ese momento hago la nota mental. Cuando venga con la cámara, tengo que pasar por aquí.

Los mandados son la mejor excusa que existe
Casi siempre es una caminata con destino real. No estoy paseando, voy a algo concreto, y por eso cruzo zonas que ningún itinerario incluiría. Los barrios donde la gente local vive y no las zonas que son puros airbnbs. Paso por las calles de en medio y exploro los lugares que no salen en ninguna lista porque no hay nada que ver ahí, (salvo toda la vida real de ese lugar).
Caminar hacia un café es de mis actividades favoritas del mundo y es justo donde veo y vuelvo a ver el lugar donde estoy. La misma calle, por décima vez, y siempre veo algo que no había notado antes.
Si vas a estar poco tiempo, esto se puede simular perfectamente. Date un mandado, compra tu agua en una tienda distinta cada día, busca el desayuno caminando en vez de comer en el hotel, ve por algo que necesites de verdad, aunque sea un bloqueador, y ve caminando. Creo que la diferencia entre pasear y hacer un mandado es que el mandado te lleva a lugares reales y te da algo que hacer con las manos mientras observas.
Cuándo salgo con la cámara
No tengo una regla de cuándo comienzo a cargar mi cámara.
A veces la traigo desde las primeras caminatas. Otras veces me familiarizo primero y la saco después, sobre todo si voy a un café a trabajar, porque cargar la laptop y la cámara al mismo tiempo es una condena a la espalda y a la paranoia.
Lo que sí tengo claro es que, en general, cuando ya voy con ella, no llevo nada más. Intento ir sin pendientes. Salgo a caminar sin destino, con la cámara colgada al cuello a ver qué me encuentro. La excepción es obviamente cuando tomo algún tour o voy a una excursión porque pues ni modo que no la traiga.
Pero normalmente esa salida a caminar con ella es sagrada y es la que produce muchas de o todas mis fotos favoritas. No es una actividad más del día. Es LA actividad.
Regresar es la mitad del trabajo
Cuando algo me llama la atención y la luz no está, o la escena no acaba de armarse, no me obligo a resolverla en ese momento. Anoto el lugar mentalmente y vuelvo después.
Esta es la parte del proceso que la gente asume que requiere meses y no es cierto. Si viste una pared increíble a las nueve de la mañana y estás tres días en la ciudad, tienes seis oportunidades más de pasar por ahí. La mayoría de las personas no vuelve, y casi nunca es por falta de tiempo. Es que volver no se siente como avanzar, se siente como repetir o retroceder, pero para nosotros volver es exactamente el punto.
Y sí se pueden tomar buenas fotos en un tour
Aclaro esto porque llevo medio artículo hablando de caminar sin rumbo y no quiero que suene a que todo tiene que ser por tu cuenta para que cuente.
Una de mis fotos favoritas de Vietnam la tomé en Tam Coc, en un bote, rodeada de turistas, siguiendo la misma ruta que hacen cientos de personas todos los días. La foto es de una mujer vendedora de flores remando con los pies.

Remar con los pies es algo bien particular de esa zona. Muchísima gente va justamente a ver eso. Pero lo que hace que esa foto me guste es que estoy viendo a la persona en lugar del paisaje. Que si googleas Tam Coc, lo que vas a encontrar es cien mil fotos del panorama. El paisaje ahí está y no se va a mover, lo van a fotografiar igualito los otros ochenta botes.
Las fotos que se me han ido
Se me han ido muchísimas fotos por no traer la cámara, y casi siempre por la misma razón. Voy tarde a algún lado. O apenas llegué a la ciudad y todavía no la quiero andar cargando (pesa un chingo). O simplemente no la traigo porque salí a hacer algo que no tenía nada que ver con fotografiar.
Nunca son escenas espectaculares, que ya te habrás dado cuenta es justo el punto.
El interior de una lavandería con peluches colgados de un cordel y una luz medio melancólica. Una señora partiendo una papaya en el suelo a la mitad de la calle. Un chavo sentado en una banca con tres perros alrededor y un perico verde con rojo en el hombro, platicando con una señora como si andar paseando tu perico en el hombro fuera lo más normal del mundo.
A lo que voy es que mis escenas favoritas son la vida diaria sucediendo, que es exactamente lo que me interesa y por eso me duele perderlas. Cuando me pasa hago dos cosas. Si de plano no puedo detenerme, me quedo unos segundos extra mirando, aunque vaya tarde, nada más para guardármela en la memoria. Y si puedo, activo el modo turista y saco el celular 😬.
El celular me ha salvado un montón de veces
Tomar una foto con tu celular no tiene que ser una foto de consolación. Tengo fotos de celular que me encantan y están bien así, como son.
Una que me gusta la tomé en Semuc Champey, Guatemala. Íbamos caminando por la selva, venía derretida en sudor por el clima jungloso y alguien señaló hacia arriba. Había un mono aullador colgado en horizontal entre dos ramas, las patas traseras agarradas de una y las delanteras de otra, estirado como un puente. Tranquilísimo.
No voy a decirte que traigas la cámara siempre, porque yo no lo hago y sería una recomendación bien hipócrita. Cuando no la traigo, disparo con el celular sin sentirme mal.

A esperar veinte minutos
Han pasado como doce años desde aquel día en el parque de San Miguel de Allende y sigo haciendo exactamente lo mismo, ahora alrededor del mundo. Cambió el país, cambié yo, cambió mi forma de viajar, cambió mi forma de ver el mundo pero el gesto es el mismo. Sentarme. Esperar. Ver qué pasa.
Como dije antes, la fotografía de viaje no depende de la cámara ni de cuántos países llevas. Depende de que estés dispuestx a quedarte veinte minutos más de lo que la prisa te permite.
Un día ese hábito se te queda y ya no lo puedes apagar. Ahora veo escenas en todas partes, incluso sin cámara. Resulta que aprender a fotografiar así no era nomás una técnica para mejorar mi arte, sino una manera de existir en el mundo que se me metió por el lente de la cámara y ya se me quedó para siempre.
Ojalá el próximo lugar al que llegues te obligue a sentarte en el suelo caliente a esperar a que un niño se eche a correr.
Nos vemos en Instagram. Y si tienes dudas sobre foto de viaje, o quieres contarme de alguna foto que se te fue, escríbeme por ahí.

